Es la frase de moda, la pregunta generalizada en la ciudad y en los pueblos de Aragón. "¿Vamos a echar al entrenador o no?". La emiten decenas, cientos de aficionados del Real Zaragoza en los últimos días, quizá en las últimas semanas. Sobre todo, en las últimas horas, tras el nuevo episodio sonrojante vivido el domingo en Huelva.
Tal cuestión obedece al comportamiento clásico de cualquier entorno futbolístico, a los resortes habituales que se activan alrededor de cualquier equipo cuando las cosas van mal o muy mal. Por lo tanto, a partir de esta premisa que ubica tal circunstancia en la costumbre, uno, como periodista, no le da más importancia. Ya se sabe que, cuando se gana y se está arriba, todo el felicidad y entrenadores, jugadores y directivos son pequeños dioses para la gran masa. Y, por el contrario, cuando se pierde y las ilusiones caen por los suelos, esos mismos protagonistas se desmoronan en la idealización de los mismos forofos o seguidores y pasan a ser entes menores, en el caso de los técnicos, incluso despreciables y prescindibles.
Es decir, que lo que está pasando ahora mismo en la periferia del Real Zaragoza, es totalmente normal. Como tantas otras veces en 75 años de vida. Nada nuevo.
Otra cosa es analizar cómo se está abordando el asunto de la hipotética destitución de Víctor Fernández desde dentro del club y, sobre todo, en los alrededores mediáticos del propio técnico aragonés. Hay verdadero pavor entre los responsables de la entidad y, por supuesto, entre las pedanías del propio entrenador, a tener que tomar una decisión traumática que suponga el despido de Víctor.
Resulta que Fernández fue y sigue siendo el mascarón de proa de este súbito proyecto ilusionante que surgió de la nada en mayo de 2006 cuando Alfonso Soláns, en un abrir y cerrar de ojos, decidió dejar el Real Zaragoza tras una década de control familiar. Resulta que Fernández es el alma mater de la composición de la plantilla, de la mano de Herrera (que recuperó créditos con su regreso al club, ya que habían trabajado juntos en la anterior etapa) y Pardeza (que, al contrario, retrocedió en peso específico respecto del poder deportivo que acaparó cuando Soláns le contrató). Resulta que, si han de echar a Víctor a la basura, Agapito y el resto de mandamases de la sociedad, asumen y admiten automáticamente el fracaso global de la idea y del proyecto, una empresa nacida con vocación triunfal y que solo contempla el éxito como salida admisible. Fallar, no lograr los objetivos, es sinónimo de cataclismo por la deuda acumulada, la añadida a través de unas inversiones estratosféricas sin precedentes y por la burbuja de ilusión generada sobre una expectante afición (que está pagando más del doble por ver el mismo fútbol de siempre) que probablemente entendería el caos como un engaño imperdonable.
Estas valoraciones no les dejan dormir. Les tienen atribulados. Intentan evadirse pensando y soñando que, aunque sea a través de un milagro (en fútbol hay pocos), el equipo va a volver a ganar partidos (3, 4, 5 seguidos) y la pesadilla va a diluirse por sí misma.
Como mal menor, están intentando buscar un apoyo exterior, una coartada, que facilite su previsible decisión traumática respecto de Fernández. No es lo mismo que sean ellos lo que tomen la iniciativa de destituir a Víctor, que verse abocados a hacerlo porque el clamor popular o el de los medios de comunicación les presionen hacia ello. No quieren tener la culpa histórica de un fiasco o de un sonoro fracaso si, posteriormente, la salida de Víctor tampoco fuese solución a los males que se han instalado en el equipo.
Por eso aguantan y aguantan. Y, de vez en cuando, lanzan guiños solicitando activos y reactivos. Puestos a malas, visto que los jugadores no ayudan con su actitud y las derrotas y los acontecimientos van de mal en peor, les vendría de perlas que, si ha de producirse el divorcio definitivo con Víctor, fuesen los principales medios de comunicación los que adoptaran posiciones beligerantes con el técnico o el graderío ardiese. Así, si luego todo sale mal, la culpa podría ser compartida.
Pues bien. Nadie pidió ayuda ni consejo cuando Agapito compró el club. Nadie pidió ayuda ni consejo cuando puso a Bandrés como presidente. Nadie pidió ayuda ni consejo cuando decidió que Víctor fuera el abanderado deportivo de esta nueva era. Nadie ha pedido nunca consejo ni ayuda para fichar a determinados jugadores de los que ahora ya hay arrepentimientos. No tenían que hacerlo porque formaba parte de sus atribuciones. Así que, ahora, si tienen que tomar una decisión difícil, que nadie pida consejo ni ayuda. Simplemente, que respondan con arreglo a sus responsabilidades como dirigentes (en algunos casos, muy bien pagados; no son mileuristas precisamente).
Uno es periodista. Nada más. Contador de cosas. Y cuenta lo que ve. Analiza lo que observa. Valora lo que la realidad le ofrece cotidianamente. Si echan a Víctor, en HERALDO DE ARAGÓN ya lo contaremos; y lo analizaremos; y opinaremos. Pero han de ser ellos. Los tiempos han cambiado, creo que para bien, amigos míos. Y cada palo, aguantará su vela. Por eso, en esta casa seguimos manteniendo que, lo ideal, es que el último día de la Liga, allá por mayo en el campo del Mallorca, en el banquillo zaragocista esté Víctor Fernández. Nadie ha pedido aquí jamás ninguna cabeza. No estamos para eso. Otra cosa es que, en una pose victimista y ventajista, Víctor y su peculiar y curioso entorno de pedanías, hayan alimentado la idea de que las críticas de HERALDO iban encaminadas a su destitución. No señor. Usted, señor Fernández, en el banquillo hasta el último día, que los cambios a temporada lanzada no son garantía de nada. Eso sí, si el año viene malo, no espere caramelos ni cajas de bombones. Simplemente, trabaje e intente reconducir algo que usted mismo ha ayudado a descarrilar.
Cada uno, a lo suyo. Propietario, presidente, dirigentes deportivos, entrenador, jugadores, periodistas y aficionados. Es muy sencillo.
4 de diciembre de 2007
Echar al entrenador
Publicado por
Paco Giménez
a las
13:58
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