Acaba de comenzar el entrenamiento de hoy viernes en la Ciudad Deportiva. Estoy escribiendo en un rincón de la pequeña grada del campo de trabajo del primer equipo. La mañana esta gris, en todo caso, mucho más clara que el ánimo de todo el zaragocismo después del fracaso de ayer frente al Aris.´
Víctor charla en medio del terreno de juego con el preparador de porteros, Eduardo Basigalup. Son dos minutos. Luego, se queda solo. Pelotea con un balón. Mira al suelo. Guarda silencio. El jefe de prensa ha anunciado por e-mail a las 9.10 de la mañana que, después del entrenamiento, Fernández nos quiere dar una rueda de prensa por iniciativa propia. ¿Qué nos querrá decir, si ya tuvo la oportunidad de hablar anoche a las 23.45 en La Romareda?. Es un ambiente muy raro.
Víctor ha mandado correr a los titulares de anoche durante 20 minutos. Lo hacen en parejas, en pequeños grupos. Oliveira con Ayala. Aimar con Diego Milito. Zapater con Cuartero, Luccin con D'Alessandro. Otras veces, este mismo ejercicio lo hacían todos juntos. Hoy no. Corren callados. A veces, algunos hablan un poco, pero son frases cortas, imperceptibles.
Los suplentes y no convocados ante los griegos, montan dos porterías en un pequeño tramo del campo y juegan un partidillo sin sentido. Como para pasar el rato. En definitiva, es lo mismo que estarían haciendo si hubiésemos ganado 5-0 anoche, pero hoy se ve todo diferente, con mucha más desgana y con mucho menos sentido.
Supongo que tiene que ser duro, muy duro, salir hoy ante decenas de cámaras (están todas las de Aragón) después de haber hecho uno de los mayores ridículos en los 75 años de historia del Zaragoza. Pero, uno piensa enseguida, para eso cobran lo que cobran. Que se aguanten.
Es día laborable y no hay público en la banda. Apenas media docena de los habituales observan el ensayo. Callados. Con cara de entierro. Al menos, los futbolistas se libran del riesgo de recibir algún improperio como en otras ocasiones similares ha podido ocurrir en épocas pasadas.
Es una mañana áspera que hace crecer miedos. Uno piensa que, dentro de tan solo 48 horas, hay que volver a jugar en La Romareda. Viene el Levante. El último de la clasificación. Lleva solo un punto de 18 jugados. Está desesperado. Viene con Savio y Álvaro, dos ex zaragocistas que también fracasaron en la UEFA hace tres años ante un rival menor. También en La Romareda. También por sorpresa. Si Víctor pudiera suspender el partido ante los valencianos, seguro que lo hacía. ¿Cómo afrontar semejante reto? ¿Cómo será la reacción de la grada? ¿Qué le espera a este equipo a partir de anoche? ¿De qué manera van a asumir las estrellas estrelladas de este Zaragoza su estancia en el club para jugar apenas 30 partidos más de Liga y no se sabe bien cuántas eliminatorias de Copa? ¿Qué pasará sin el sustento de Europa, la gran bandera de este segundo año de proyecto agapitista? ¿Qué pensará el gran Ayala de todo esto? ¿Y el gran Matuzalem? ¿Y el milanista Oliveira? ¿Qué ganas tendrá Luccin recién llegado a un lugar maravilloso que de repente se convierte en un sitio triste?
Los titulares de anoche se han ido a estirar los músculos antes de pasar a la ducha. Se acaba su trabajo por hoy. El mundo del fútbol profesional es así. No cambiará por más que pasen los años. Y al público se le seguirán pidiendo actos de fe, apoyos inquebrantables a cambio de nada. Bueno, de nada no. De amor a unos colores y de besos a un escudo. El romanticismo solo existe por ese flanco. El resto, es puro mercantilismo. Y este negocio zaragocista ha quedado tocado. Muy tocado. A ver qué pasa.
Víctor mira el insulso partidillo de los suplentes. Y, supongo, madura en su cerebro lo que nos va a contar luego en la sala de prensa. Ya os lo resumiré más tarde. Me quedo en la Ciudad Deportiva en una de esas mañanas que quedan grabradas para la posteridad. Dura, gris, indigesta.
5 de octubre de 2007
Notas y reflexiones en directo desde la Ciudad Deportiva
Publicado por
Paco Giménez
a las
10:20
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